Era la primera vez que enfrentaba el desafío de una suplencia en una escuela pública. Me encantaba la idea, ya que el sistema de ingreso por puntaje es bastante cruel y parece imposible enseñar en otro lugar que no sea una institución privada. Casi por casualidad, para esa suplencia, no hubo tantos inscriptos y mi puntaje levemente superior fue suficiente para el acceso.
Cuando llegué al famoso "Bachi 6", me esperaba una simpática preceptora quien me acompañó al curso de segundo año y, luego de una breve presentación, me dejó a cargo del aula. Los estudiantes saludaron coreando algo que no entendí del todo y escaneaban cada milímetro de mi ser. Ahí comprendí que no iba a ser sencillo.
Respiré profundamente y di comienzo a la clase del día.
Era difícil tener que enseñar respetando una planificación ajena pero con el ingenio y el buen criterio, todo se puede lograr. El tema de la clase era: Texto argumentativo, así a secas. No estaba de acuerdo con la propuesta que la profesora titular me había dejado y decidí que no iba a seguir esas pautas; si quería que aprendan algo, debía cambiar la manera de abordaje.
Se me ocurrió dividir el curso en dos grandes grupos y sentarlos enfrentados. Propuse un tema bastante polémico como lo es el del cierre de los boliches a las 04.00 a.m., y les pedí que en un grupo discutan los argumentos a favor y en el otro, en contra. Les di un tiempo para que se pongan de acuerdo y expongan sus razones.
Todos se entusiasmaron menos uno. Al notar que este muchacho estaba prácticamente dormido en su banco, me acerqué extrañada. Los compañeros me advirtieron: “Lucas siempre duerme, profe”. Lo hablé para que levante su rostro desalineado y le pregunté qué estaba haciendo. Con voz grave y desafiante respondió: “yo no participo en ninguna clase, mejor no se ponga densa y haga como el resto y déjeme dormir". Le respondí que de ninguna manera lo iba a permitir y me tomé unos minutos para charlar con él.
Luego de varios minutos les comuniqué a los alumnos que Lucas sería el moderador del debate y expliqué en qué consistía esa tarea.
Este muchacho grandote y con cara de niño enojado se tomó muy en serio su rol y creo que por primera vez se sintió muy importante. No hace falta que cuente cómo esa pequeña intervención impactó entre los chicos. Simplemente fue genial y sentí que había hecho las cosas muy bien.
Tanto para Lucas como para mí, ese fue un gran día, fue el comienzo de un cambio radical y, además propició el entusiasmo en cada una de las clases posteriores hasta que finalizó el reemplazo.
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